La meteorización y la
erosión tallan, pulen y cincelan lentamente las rocas, convirtiéndolas en obras
de arte en constante evolución, y transportan los restos al mar.
Ambos procesos son independientes,
pero no tienen lugar el uno sin el otro. La meteorización es el fenómeno
químico y mecánico que rompe y esculpe las rocas; la erosión, sin embargo,
arrastra los fragmentos restantes, llevándolos lejos.
Al trabajar juntos crean maravillas
naturales, como las altas rocas de las montañas o los vastos desiertos, pasando
por esculturales acantilados que son golpeados por las aguas violentas de los
océanos.
El agua es la herramienta más
versátil. Pensemos por ejemplo en la lluvia en un día gélido. El agua entrará
por las grietas y hendiduras de las rocas y por la noche, al bajar la
temperatura, se transformará en hielo, que se dilatará y partirá la roca. Al
día siguiente, con el calor del sol, el hielo se derretirá y arrastrará los
fragmentos restantes.
Los sucesivos cambios de
temperatura también pueden debilitar y fragmentar las rocas, que se dilatan con
el calor y se contraen con el frío. Este fenómeno puede lentamente transformar
piedras en arena del desierto. Del mismo modo, los cambios constantes de ciclos
secos y húmedos pueden desmenuzar la arcilla.
El viento recoge y arrastra los
trocitos de arena que, al entrar en contacto con rocas cercanas, pueden
pulirlas y alisarlas muy lentamente. En la costa, la acción de las olas
arrastra con su vaivén los fragmentos en la arena.
Las plantas y animales también
producen impacto en los minerales. Los líquenes y musgos pueden introducirse
por las grietas y hendiduras de las rocas y echar raíces. Así, a medida que
crecen, también las grietas se hacen más grandes, pudiendo fragmentarse. Los
animales, desde los más pequeños a los más grandes, pisotean y aplastan las
rocas cuando corren por la superficie o cavan bajo tierra. Además, las plantas
y animales producen ácidos que, al mezclarse con el agua de lluvia, crean
compuestos que desgastan las rocas.
Igualmente, el agua de la lluvia se
mezcla con sustancias químicas, formando mezclas ácidas que descomponen la
roca. Por ejemplo, la lluvia ácida disuelve la caliza y provoca la formación de
karsts, terrenos con fisuras, corrientes subterráneas y cuevas como los cenotes
de la Península de Yucatán (México).
En lo alto de las montañas, la nieve y
el hielo forman glaciares que se sostienen sobre las rocas, a las que van
lentamente empujando debido a la fuerza de la gravedad. Junto con el hielo, las
rocas van formando un camino a medida que el glaciar desciende montaña abajo. Cuando
éste comienza a derretirse, deposita su cargamento de roca y tierra,
transportando los restos hacia el mar. Los ríos depositan en el mar millones de
toneladas de sedimento al año.
Sin la ayuda del agua, el viento y el
hielo, los sedimentos se acumularían ahí donde se forman, ocultando las
esculturas naturales formadas por la meteorización. Aunque la erosión es un
proceso natural, las prácticas abusivas como la deforestación o el excesivo
pastoreo pueden acelerar el proceso y acabar eliminando el material que
necesitan las plantas para desarrollarse.


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